Domingo de cine

16 Noviembre 2008 - Leave a Response

Madrid resplandece. En sus calles aparecen colgados las enormes y aparatosas bombillas que darán color a la ciudad estas Navidades. Su diseño parece muchísimo más austero que otros años, pero lo cierto es que a mí no me disgustan en absoluto. Cerca de mi casa, justo en frente de la estación de Atocha, empieza a crecer un abeto de medidas gigantescas que alumbrará hasta el mismísimo Ministerio de Agricultura. Espero que lo tiñan de verde y que de sus balcones cuelguen coliflores con purpurina y rábanos en forma de estrellas. Este año me apetece que lleguen los días más tristes del calendario. Puede ser por que el 2008 ha sido el más nostálgico y bobalicón de cuantos he vivido. Me he enfrentado a situaciones personales y profesionales que jamás hubiera imaginado. Sé que he madurado y he aprendido a darle notoriedad a lo que verdaderamente es importante. Todavía me queda ponerme bien la coraza para que los puñetazos que van dando en pleno estómago no resulten dolorosos. Me voy a coser una con hilo de plomo, plata y oro para que se miren en ella todos los que, por alguna extraña razón, vengan a golpearme con saña.

Ayer volví a Navacerrada. Imaginé mi vida allí y creo que sería más feliz entre montañas nevadas y vacas meneando el cencerro. El aire que envuelve todo aquel paraje huele a leña recién quemada y a cochinillo al horno. Novita correteó hasta la extenuación y sus primos, los perritos de Gema, parecen haberle admitido en sus vidas como si nada. Michito, el macho, marca su territorio pero deja que Novita le mordisquee para jugar. Lupe, la hembra, aunque lo lleva peor, ayer durmió a pierna suelta junto a él en un abrigo que La Marquesa trajo para protegerse del frío. Es curioso, pero al mismo tiempo en que Novita va creciendo y sus pequeños dientecitos se convierten en grandes colmillos, me doy cuenta de lo importante que es tener un animal doméstico en casa. Su compañía en insustituible. Tengo ganas de ver a Kira, que se quedó en Valencia con mi madre. Abrazarla y besarla para que sepa que no la he olvidado, como a lo mejor ella cree cuando me busca, moviendo el rabo, en mi habitación. ¿Qué pensará ella?…

Hoy estoy tontorrón. En uno de esos días en los que te apetece sentarte, escuchar música tristona, y dejar caer lágrimas por la cara. Será el tiempo. Será la luna. Será lo que será. Me voy de comida familiar y después al cine con Gema y José. No sé lo que voy a ver, pero dejo en sus manos toda mi energía. Besos con motitas de pintura acrílica. Luego prometo volver a escribir, porque hoy también es uno de esos días en los que me apetece. Saúl.

Novita

10 Noviembre 2008 - 4 Responses

Son las diez de la mañana. El llanto apesadumbrado de Novita me ha despertado bruscamente. El pobre se había caído de la cama después de que esta madrugada decidiera subirlo porque parecía inquieto. Acurrucado en uno de mis brazos su suave respiración me puede mantener obnubilado durante horas. Y eso que hay días en los que le tiraría por el balcón con un paracaídas azulón. Me lo destroza todo. He estado dos días sin teléfono móvil porque, en un arrebato incomprensible, decidió morder con insistencia el cable del cargador. Por una extraña razón se siente atraído por los cables de aparatos que están conectados a la luz y también por todos aquellos papeles importantes que he cambiado de sitio ya ni sé cuantas veces. Sin embargo, cuando le riño y sus ojos penetrantes ojos negros me miran como con angustia, enternezco. No soy buen padre. Consiento más de lo que debería, incluso cuando su comportamiento merece que le levante la voz hasta quedarme afónico. Ayer lo vi tan feliz correteando por los alrededores del embalse de Navacerrada que me reconquistó después de unos días en los que estábamos enfadados. Sentado frente a las montañas nevadas, volteaba su cabeza y me miraba. Parecía pedirme perdón por sus travesuras. Me agradecía que le hubiera llevado hasta allí para respirar aire puro y conocer parajes asilvestrados. Novita, que no suele refunfuñar ante lo que él considera que son injusticias, gruñó tímidamente cuando lo subí al coche para volver a casa. No estaba cansado y quería seguir jugueteando con Michito y Lupita, los perritos de Gema, con los que ha congeniado perfectamente. Sin embargo, creo que me intentó estafar psicológicamente. Estaba agotado pero no quería pensarlo porque le apetecía seguir hasta caer exhausto. Por eso ahora lleva horas durmiendo arropado por una manta de dibujitos inexpresivos que le compré para que no pasara frío. Me voy al gimnasio a hacer como que hago deporte. Besos intuitivos. Saúl.

Telecorazón forever

6 Noviembre 2008 - 3 Responses

No puedo evitar derramar lágrimas de tristeza cuando recuerdo que Telecorazón ha echado el cierre. Están siendo días de muchas sensaciones y recuerdos que me impiden conseguir reponerme con la rapidez que quisiera. No es la primera vez que un programa muere, pero Telecorazón era mucho más que una parrilla plagada de espacios dedicados al cuchicheo nacional. Afortunadamente, en mi corta pero creo que efusiva trayectoria profesional, he pisado varias redacciones, he participado en diversas tertulias televisivas y puedo decir henchido de satisfacción y con una gran sonrisa en el rostro que este es, sin duda alguna, el trabajo que más feliz me ha podido hacer. Y no sólo porque compartir sueños con grandes profesionales de la comunicación me haya permitido avanzar pausadamente en esta senda, sino porque el ambiente de cordialidad que lo impregnaba todo es muy difícil encontrarlo en otros sitios. Ayer, cuando a las tres y media de la madrugada decidí poner el punto final a mi estancia en una fiesta que sirvió como broche de oro a cinco años de una brillante emisión en directo, me di cuenta que toda aquella gente que se quedaba allí con la música a todo volumen y alcohol por doquier, formaban una pequeña gran familia que encajaba casi matemáticamente. Los míos han sido dos años de experiencias continuas al mismo tiempo en que mi vida iba amoldándose a mi edad. Durante todo este tiempo he podido entrevistar a grandes actores, cantantes, empresarios y escritores que nunca pensé que podría tener tan cerca. He llorado y reído. Amado y odiado. He informado y he opinado con libertad. Sin duda alguna, serán momentos de mi vida que nunca, ni siquiera cuando la vida llegue a su fin, podré olvidar. Porque Telecorazón ha sido esa escuela de muchos. Besos con nostalgia y sinceridad. Saúl.

Cuando la vida sigue…

2 Noviembre 2008 - 2 Responses

Me duele la cabeza y estoy algo ronco y afónico. Tengo agujetas en las pestañas y las rodillas me duelen sobremanera. Los ojos se han teñido de rojo agotamiento, el hígado pide clemencia y mis labios dibujan bostezos a cada momento. Son las cuatro y media de la madrugada y estoy reclinado en el sofá que me trajeron de Italia hace algunas semanas. Acabo de llegar a casa porque me he ido a tomar unas copas con algunos de los amigos que han venido a la fiesta de cumpleaños que he celebrado en mi casa esta misma noche. Aquí, entre las cuatro paredes que protegen mi intimidad, se han reunido cerca de veinte personas que desde que llegué a esta tortuosa pero inigualable ciudad me han brindado abrazos, besos y consejos siempre que lo he necesitado. He reído a chorros cuando he visto el disfraz de obispa celestial de mi amigo La Marquesa. Jamás había conocido a un ser tan especial, ecléctico, y tan estrepitosamente sibilino y audaz como él. Tampoco han tenido desperdicio los de Teresa y Gema, que más que dar miedo, transmitían una especie de debilidad pasajera que me ablandó el corazón. Con Gema aprendo cada día un poco más. Es una mujer con una belleza externa sólo comparable a la de su foro interno. A veces, cuando el destino aprieta, compartir sueños y confidencias, provoca un escalofrío cicatrizante que te ayuda a ‘relativizar‘. Y más si, desgraciadamente, sientes la imperiosa necesidad de implicarte desinteresadamente en todo cuanto ocurre a kilómetros de distancia. A mí me suele ocurrir a diario con todos y con todo. Hoy he aprendido a controlar mis instintos y a intentar mirar con frialdad y serenidad a una vida que sigue poniéndome en aprietos. Pero, a veces, el destino juega con las cartas marcadas. Y, eso, me pone excesivamente nervioso. Voy a recoger un poco la casa. Y a soñar. Y a dejarme enloquecer. Besos melodramáticos. Saúl.

Todos somos Natalia

18 Octubre 2008 - 2 Responses

Cuando a Natalia le diagnosticaron cáncer de mama, lágrimas manchadas de incertidumbre bañaron su rostro. Había decidido ir sola a la consulta de uno de los mejores especialistas que, desde el jueves anterior, le había sometido a diversas pruebas analíticas para descartar otras enfermedades. Nadie de su entorno conocía las frecuentes visitas de Natalia a la clínica. Vivió una semana de angustia y terror. Habitualmente, cuando los primeros rayos del sol se fundía entre sus sábanas, Natalia frotaba sus ojos y miraba al cielo pidiendo clemencia. Muchas veces creyó que esa sensación formaba parte de una amarga pesadilla de la que iba a despertar cuando la alarma de su teléfono móvil le devolviera al bullicioso mundo del mercado bursátil en el que trabajaba.

Pero no. El reloj del ordenador marcaba la diez de la mañana. Natalia anudó un pañuelo al cuello y bajó apresuradamente las escaleras de su dúplex. El gesto del doctor le descubrió la fatal noticia. Natalia lo supo desde que accedió a la sala de espera. Un pálpito. Esa intuición femenina que le había acompañado a lo largo de su vida, incluso aquel día en el que Javier se le abalanzó en la fiesta de su aniversario. Sin embargo, cuando el oncólogo le recomendó someterse a un brusco tratamiento de quimioterapia, Natalia ensordeció. Pensó en Javier, en sus amigas y en el cariño que siempre le habían dispensado sus padres. Creyó enloquecer. No conseguía digerir lo que estaba escuchando. Tampoco sabía si quería. La fuerte voz del médico le obligó a volver a la realidad.

Natalia salió de la consulta. Arrancó su coche y dejo volar la imaginación. No sabía que hacer. Esa misma tarde había quedado para ir al cine con su madre. Respiró profundamente y marcó apresuradamente el teléfono de Inés, una de sus mejores amigas, a quien le confesaba lo inconfesable. Su serenidad había conseguido librarle de multitud de depresiones. Inés encajó la noticia con entereza, aunque Natalia -que la conocía mejor que nadie- sabía que las lágrimas estaban brotando de sus ojos. Natalia se dio un baño y volvió la vista atás. Recordó su infancia, su adolescencia y su primer amor. Jugueteó con la fantasía y regresó a cuando su madre le besaba la frente y le deseaba buenas noches. Sabía que debía decírselo, pero la duda le atemorizó hasta que el interfono sonó con insistencia. Una voz dulce le pedía que le abriera la puerta. Su madre tenía pintada una envidiable sonrisa en el rostro cuando se reencontró con una Natalia llorosa. Se abrazaron como si el tiempo se hubiera detenido. Aquella tarde fue diferente. Nunca se le olvidará ese beso que su madre le dio en la frente mientras le prometía que saldría hacia delante. Durmió a pierna suelta.

Fueron meses de lucha continua. Javier decidió apostar por ella y le había llenado la casa de unos preciosos pañuelos de seda con los que Natalia cubría su cabeza. La quimioterapia le había demacrado, pero en sus ojos resplandecía la esperanza. El tratamiento surtía efecto. Dos años después, Natalia se casó con Javier. Dejó suelta su melena negra y ciñó su vestido a un cuerpo que vibraba de emoción. Hoy, todos somos Natalia.  Besos verde esperanza. Saúl.

Hoy, en el metro de Madrid

27 Septiembre 2008 - 4 Responses

Renacuajos somnolientos buscando refugio entre los cansados brazos de sus madres. Empresarios con corbata y mirada perdida. Señoras desastrosas rebuscando en el bolso. Apacibles ancianos hablando de médicos. Solitarios estudiantes repasando apuntes y mordisqueando sus uñas. Bebés llorando con fuerza en los carros. Mujeres de mediana edad preguntando la hora. Asistentas de hogar dormitando entre ruidos insoportables. Abogados de medio pelo discrepando sobre casos mediáticos. Grupos de malhabladas peliteñidas entonando canciones de Camela. Tíos de cuerpos perfectos marcando músculo con ajustadas camisetas. Miradas perdidas buscando consuelo. Vagabundos disfrazados reclamando caridad. Lectores empedernidos distrayéndose con novelas y libros de autoayuda. Trabajadores sociales protegiendo a mujeres con escasa movilidad. Embrazadas exhaustas zarandeadas por la muchedumbre. Niñas vestidas con ropajes coloridos hablando por el móvil. Relamidas mujercitas espiando a los viajeros. Maestras corrigiendo exámenes y esbozando sonrisas. Crueles marujonas despotricando de sus amigas. Toqueteos impredecibles. Ladrones de guante blanco buscando bolsos abiertos. Miradas desafiantes. Cantantes, charlatanes, bromistas y cuentacuentos buscándose la vida. Cuarentonas escuchando música. Amantes que se besan con pasión. Pies desnudos, chanclas rotas y botas de piel. Abuelos aburridos viajando de un lado a otro. Deportistas recién salidos del gimnasio. Periódicos gratuitos sobre los asientos. Manos húmedas agarradas a la pared. Ojos llorosos y risas excéntricas. Enfermos tapándose la garganta. Amigos discutiendo en voz alta. Dormilones llegando tarde al trabajo. Ricos bocadillos en bolsas de plástico. Adineradas mujeres haciendo ostentación. Pobres raquíticos. Desconocidos entablando conversación. Compañeros de trabajo que se despiden. Besos yuxtapuestos. Saúl.

Noche a noche

23 Septiembre 2008 - One Response

Tengo la piel aborronada y el corazón en un puño. He encontrado en ese cajón de sastre que es Youtube, una de las mezclas musicales más impresionantes que he escuchado nunca. Rocío Jurado y Mónica Naranjo cantando a dúo el Sobreviviré que hizo famosa a la ¿catalana? hace muchos años. Y es curioso, porque Mónica nunca me había gustado. Sin embargo, escuchar este himno a la vida que un cibernauta ha conseguido acoplar con la voz de la Jurado, me ha llegado a emocionar. Será que estoy más sensible, pero echo en falta ver a Rocío Jurado en el mundo del corazón. Si ella hubiera estado aquí, muchas de los durísimos enfrentamientos de su familia se hubieran difuminado. Sólo pude hablar con ella una vez y, os confieso, que me da muchísima pena no haberla tratado en profundidad. Estos días están siendo realmente frenéticos. Me he dado cuenta de que tomar decisiones precipitadas provoca dolores de cabeza, apatía e inquietud. Y el no poder dormir por las noches no hay nada ni nadie que lo compense. Menos mal que razonar desde la calma ayuda a arrepentirse.

El otro día fui a cenar con unos amigos a un restaurante italiano que está en pleno centro de Madrid. Para llegar hasta allí tuve que cruzar la calle en la que vivía -desconozco si lo hace todavía- una persona de la que, cuatro meses después del último día que la vi-, no me he olvidado. De vez en cuando, en esos inusuales instantes en los que mi cabeza se relaja al mismo tiempo en que las velas de canela de mi habitación se consumen y los primeros rayos del sol apuntan hacia mis ojos, afloran los recuerdos de cuando nos mirábamos y permanecíamos imperturbables ante el paso de las horas. Reconozco que la otra noche necesité tragar saliva y mirar hacia otro lado, aún sintiendo irrefrenable tentación de acercar mi dedo a su video portero y preguntarle. Saber cómo está. Asegurarme de que no le ha ocurrido nada y que su corazón late por un sueño vivo que le espera ardiente en la cama. Cerciorarme de que es feliz y mira con desafío a esa vida que se puso por montera para encontrarse. Entenderle. Y sonreírle. Pero no, me acobardé y aceleré el paso, quizás porque soy mucho más sensible de lo que puedo aparentar en los programas de televisión de los que me he alejado momentáneamente para tomarme unas mini vacaciones. Disfrutar del silencio y del aburrimiento. Además,  quiero terminar ese libro con el que quiero -y esa fue la condición el día en el que se me planteó- hacer un repaso “a mi manera” de la vida de una mujer que me conquistó el primer día que la conocí.

Esta noche he estado cenando con mi amiga-casi-hermana Teresa en un acogedor restaurante andaluz que, según nos ha contado el cocinero, se inauguró hace quince días. Está en Chueca y me ha encantado volver a saborear ese pescaíto frito que me vuelve loco. Soy un apasionado de la zona del sur. Me gusta la gente de allí, el sonido de su habla, su gentileza y su simpatía. Creo que en otra vida nací allí. ¿Puede gustarme algo más que plantarme a bailar una sevillana, beber rebujito y cantar rumbas? Me voy a escribir. Besos manchados de tinta. Saúl.

Chocolate caliente, manta y calcetín

15 Septiembre 2008 - 4 Responses

Mientras tarareo con entusiasmo lo nuevo de Fonseca, saboreo con lentitud un caliente tazón de chocolate que me he preparado para leer algunos de los capítulos que quedan pendientes de un libro que dejé abandonado en un cajón cualquiera de mi armario. Lo desterré porque no acababa de interesarme y hoy, de repente, me ha apetecido recuperarlo. Hace frío en Madrid. Tirito a ratos y, aunque pienso en una manta aterciopelada cubriendo mi cuerpo, me gusta pasar frío. Parece una contradicción absurda pero es una de esas rarezas que me describen. Y, claro, luego vienen los resfriados. Mi abuelo siempre me decía que dormir con calcetines provocaba constipados constantes. Desde entonces, paso de ellos cuando me voy a la cama.

Este fin de semana he redescubierto la televisión. Hacía tiempo que no me recostaba apaciblemente en la cama y me quedaba inmóvil frente al televisor. He visto películas, programas absurdos y alguno de esos informativos en los que se despiezan cadáveres y se habla de penurias apocalípticas. El viernes decidí enrolarme en la aventura de ver cine con pausas publicitarias que lo joden todo. Trasnoché viendo la película Cuarta Planta, interpretada por Juan José Ballesta, que emitió la 2 con bastante éxito, por cierto. El filme gira en torno a la lucha de unos cuantos niños con cáncer que, ingresados en la cuarta planta de un hospital cualquiera, intentan vencer a la enfermedad pintando sonrisas, haciendo travesuras nocturnas, y proyectando un optimismo conmovedor. Un grito a la esperanza y a los sueños por cumplir. Es de esas películas que te obligan a valorar la vida.

Ayer, sábado, también tuve tiempo para salir a cenar con algunos amigos. En Madrid se celebraba la noche en blanco, una jornada festiva en la que los madrileños se meten la cultura en vena. Se abren los museos, se suceden actuaciones de artistas callejeros y la gente deambula interesada por la cultura. A pesar de que es una estupenda manera de inculcar el interés por el arte en todas sus formas (aunque entre semana los museos están vacíos), coger el coche resultaba una odisea. El metro cerró demasiado pronto y los “búhos” (autobuses que circulan a altas horas de la madrugada) estaban tan llenos que, incluso respirar, resultaba imposible. A pesar de que llegué una hora y media tarde a la cita, me encantó descubrir el rte “La Vendimia“, situado justo debajo del hotel Conde Duque. Luego fuimos a un par de garitos de la ciudad y acabé riendo a borbotones ante las ocurrencias de Gemita, la mujer de la eterna sonrisa. Todo porque mi madre me ha regalado un yorkshire enano y lo he bautizado Novita, como aquel dibujito animado que convivía con un gato con poderes y un barrigón descomunal en el que le cabían instrumentos para recoger la casa, pócimas mágicas y puertas tridimensionales. Quién pudiera tener uno de esos en casa para solucionar problemas.

Hoy, después de cocinar una pizza artesanal (sí, hago la masa y a veces me sale buena), he estado paseando por El Retiro. Me he ido pronto a casa porque venían unos amigos a echarme una mano con los muebles de Ikea. Hace tiempo decidí que nunca más volvería a comprar allí, pero son tan baratos que, a veces, peco. Suerte que, esta vez, sólo compré una mesa y una silla. Pero sí, soy bastante enemigo de los tornillos y las arandelas. La última vez terminé comprando pegamento para encajar las piezas de una mesa extraíble. Qué se la va a hacer. Tras el palizón del montaje, he sido testigo del estreno de “Pequín Express“, el nuevo reality de Cuatro que presenta una Paula Vázquez algo despeinada. Me ha encantado. Me da rabia haberme enganchado porque ahora tendré que estar todos los domingos pendiente del televisor. Y, eso, quieras o no, causa adicción. Aún recuerdo cuando me enamoré de la primera edición de “Gran Hermano“.  

Ahora, después de escribir este enorme post, voy a darme un baño caliente y a hacer zapping, que también he descubierto esos programas en los que te regalan dinero por formar un nombre de mujer con las letras m-a-i-a-r. Una vez, hace años, llamé a uno y todavía estoy esperando que me llegue una minicadena que me tocó por acertar un acertijo que no era tal. Hoy, no sé porqué, me acuerdo de TI y me siento impotente y algo ¿preocupado? Es lo que tiene ser como soy. Besos intermitentes. Saúl.

Valientes en tiempos rotos

6 Septiembre 2008 - Leave a Response

Hay fechas que nunca deben borrarse del calendario de la vida. Ayer, mientras veía atentamente la primera entrevista de Encarna Salazar tras superar el cáncer de pecho que la alejó de los escenarios, entendí que haya renunciado a lo superficial y prefiera saborear la vida con lentitud y sosiego. Supongo que jamás se le olvidará el día en que los médicos le confirmaron que había conseguido vencer a la enfermedad. Volvió a nacer. Su testimonio me sirvió para comprender, en cierta manera, el valor de la vida. La importancia de tomar decisiones y de emplearse en conseguir lo que se desea. Luchar por los sueños y objetivos con valentía y con perseverancia. Vivir intensamente sin miedos ni prejuicios que nos encorseten en nuestra rutina. El otro día charloteaba con impaciencia con un amigo que prefería dejarse llevar por una vida que no le satisfacía. Me contaba, con cierta vergüenza, que prefiere destacar en el plano económico y trabajar en algo que detesta, antes que aferrarse a sus sueños. Es evidente que nuestra sociedad actual no admira a los valientes. Creemos que valentía es sinónimo de inconsciencia o inmadurez, quizás porque nuestros miedos y frustraciones nos obligan a pensarlo, pese a que en nuestro foro interno quisiéramos ser como ellos. Estos son tiempos rotos en los que nos movemos bajo los influjos de la razón… y no del corazón.

En un Madrid que amenaza tormenta y huele a tierra húmeda, se suceden espectáculos y estrenos con una velocidad pasmosa. El otro día me invitaron a asistir al maravilloso estreno de Inocence, una antigua cantante de musical, que actuará durante una semana en el Teatro Gran Vía de la ciudad. Una explosión de luz, sonido y escenografía que consiguió erizarme. No hay suficientes adjetivos para definir lo que para mí, es un trabajo inconmensurable. Yo, que soy poco amigo de las grandes estridencias, lo recomiendo con fervor. Al igual que aconsejo la lectura de esos “Girasoles ciegos” que han llegado a la gran pantalla. Estoy algo asustado, pues me han contado que si acabo el libro será mejor que no vea la película. Dicen que no tiene nada que ver, y eso no me suena nada bien. No entiendo el motivo por el que algunos directores se empeñan en transformar una historia para conseguir mejor taquilla. Joden toda la magia por puro mercantilismo. Qué cruz.

No pienso pronunciarme ante el ego desmedido de Miguel Ángel Silvestre. Algún día, cuando en el horizonte de mi cabeza no exista la indignación, hablaré. No he conocido, todavía, en esto del colorín a nadie tan creído como él. La ostia va a ser buena. En fin, me voy con mi trancazo a la cama. Besos sudorosos. Saúl.

Septiembre en vena

31 Agosto 2008 - 3 Responses

Ya estamos en septiembre. Es tiempo de revolución personal y profesional. Días de metas y deseos por cumplir en los que reinan los anuncios sobre absurdas colecciones de tacitas de porcelana y los gimnasios rebajan sus cuotas para conseguir nuevos socios. En pocas semanas empezará el curso escolar. Todavía recuerdo cuando íbamos a comprar los libros y me apetecía estrenar las libretas con la mejor de las caligrafías. Aquellas semanas previas al primer día del cole eran apasionantes. Forrábamos los libros con ilusión y estrenaba zapatos y chaquetas sin importarme nada más. Parece imborrable el momento en el que, año tras año, regresaba a casa después de pasar tres meses en aquel maravilloso piso de la costa. Permanece en mi memoria ese olor a cerrado y ambientador que me producía una sensación de irrefrenable alegría. Qué bonito es recordar.

Mientras aflora esta nostalgia que me caracteriza, estoy escuchando a todo volumen el primer trabajo de Juan Losada (www.juanlosada.es). Yerno de una de las hermanas Koplovitz, me ha conseguido sorprender gratamente con su estilo. Es un gentleman de nuestro tiempo, un seductor embelesador, correcto y sensiblón de los que enamoran con su música. Aunque recuerda al Julio Iglesias de los mejores tiempos, Juan Losada es algo más fresco, novedoso y apetecible. Tiene planta, soltura y salero. No esconde que es quien es, pero no lo utiliza para escalar, y eso le define a la perfección. El otro día, mientras le entrevistaba en su primera aparición en televisión, comprobé que ni siquiera está encapsulado en el papel del extravagante ricachón que utiliza la música como válvula de escape. Es cercano, accesible y agradece la oportunidad de acercar su música, por muy ridícula que sea. Sin entrar el la demagogia que supondría asegurar que Juan Losada es valiente al haber dejado su trabajo de prestigioso empresario para adentrarse en el mundo de la canción, debo reconocer el esfuerzo que ha hecho para superarse. Con semejante fortunón, no todos nos hubiéramos arriesgado a sacar un disco, subirnos a un escenario, ir de programa en programa haciendo promoción, o enfrentarnos a una entrevista ingrata. Eso me demuestra que todavía hay quien vive por cumplir sueños, sin importar el qué dirán o no cumplir las expectativas de los que te rodean. Y me consigo reconciliar con el mundo.

Por favor, calma con el tema de Jaime Ferrero Ávila. He tenido que quitar los comentarios porque las cosas se pueden decir de mil maneras sin entrar en discusiones entre los que me leéis. Es un asesino y me repugna, pero vamos a tranquilizarnos. Gracias. Besos apretujados. Saúl.