Son las dos de la madrugada. Sobre la mesa en la que reposa este ordenador algo envejecido tengo un frío tazón de leche y un par de tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. Estoy tumbado en el sofá viendo apaciblemente el programa que Nacho Abad conduce con mucho éxito en las noches de Telecinco. Se trata de un espacio de actualidad y sucesos que combina el rigor de la información tratada e investigada con el morbo apetecible de los corrillos de prensa rosa. Igual tratan un presunto asesinato que se sienta una prostituta que dejó de aparcar su cuerpo en cuerpos extraños por dinero cuando fue madre, y ahora ha decidido volver a la calle. Me gusta Nacho Abad. Soy consciente de que es uno de los pocos periodistas que hace diana en todas sus informaciones. Y, eso, en un mundo plagado de pusilánimes que inventan para trincar, es, francamente, admirable y plausible. No me siento corporativista ni apuesto por respaldar a todos mis compañeros, pero sí reconozco que, en muchas ocasiones, es necesario felicitar a quien hace bien su trabajo y se relame en silencio. El otro día, por ejemplo, me revolvía en la intimidad de mi alcoba cuando me di cuenta de que el mundo de la tele está envuelto por una espesa capa de envidia que me repugna. Hay, incluso, ladrones de guante blanco que roban informaciones para colgarse la medalla y luego ni siquiera valoran tu esfuerzo. Me da asco.
Hoy estoy bastante pasota. He trabajado por la mañana y, al caer la tarde, me he metido en la cama para pensar y reflexionar. Hay pocas cosas que me estimulen más que permanecer inmóvil en mi cama, con la persiana echada y con la música de Cadena Dial saliendo del altavoz de mi reproductor musical. Despierto pero intentando que los problemas de lo cotidiano no parezcan tan importantes. Además, llevo unas semanas reorganizando mi vida interior. He expulsado a los mequetrefes, vendedores de humo y a los vagabundos del sentimiento. A esos que no esconden que su único objetivo en la vida es tener a alguien al otro lado que les alimente su ego con charlatanería y sueños confusos. Os invito a hacerlo cada cierto tiempo. Descubriréis que, por desgracia, por vuestras vidas pululan individuos que no aportan nada. Por suerte, los amigos se pueden contar con los dedos de las manos. El otro día yo estuve con dos de los que llevan en mi corazón desde hace muchos años. Jorge, prácticamente desde que tengo recuerdos de mi infancia, y Ana, desde hace más de un lustro. Os dejo una fotografía de mi viaje a Valencia. Besos rebozados en frenesí. Saúl.

Aqui con mi amiga Ana

Aqui con Jorge
Leyéndote, estoy recordando de lo afortunada que soy de tener a mis AMIGOS. Un beso especial en esta época “especial” pero no siempre grata! Y felicidades, que siempre se deberían desear, pero aprovecho la oportunidad!
Alex